Una pequeña ciudad de proporciones casi perfectas -diría Aristóteles-, clavada en un alto valle de condiciones atmosféricas amables, de ricas tierras abundantes en frutos, atravesada por bravos ríos y coronada por una llama blanca encaramada en la punta de la roca congelada. Una pequeña ciudad que ha sido una ciudad-modelo en la mente y proyecciones de muchos porque potencial le sobra, porque tiene las dimensiones ideales, porque somos pocos, y, por tanto, el consenso, siempre huidizo, debiera estar a la mano. Pero no está, y es que las cosas pocas veces son como debieran.
Una pequeña ciudad escondida y cerrada en piedra, y por extensión sus habitantes se han escondido, cerrados en piedra. Huyen de la responsabilidad que sus deberes cívicos les demandan como si del limbo de los alaridos se tratara. Las calles antaño limpias ahora son botes de basura para las manos que sin pena se asoman de los carros y busetas y con gesto voluntarioso suman un papelito, una botellita de plástico o un envoltorio de colores plateados y brillantes. Los bravos ríos están domados y mugrientos. Las ricas tierras, están ahora agostadas y contaminadas. La Universidad que alguna vez fue luz para la ciudad hoy se atomiza en pequeñas plazas donde los jíbaros del conocimiento se pasean violentos y armados con el poder que la miseria de una ciudad escondida, cerrada en piedra les ha otorgado. El sentido común se perdió y ahora parece un extraño. Los que bien se comportan son percibidos como pendejos por los demás. La llama blanca congelada que nos coronaba se desvanece en el calor. Nuestra pequeña ciudad, patas arriba.
¿Dónde quedaron los ciudadanos conscientes? Poco se notan entre tanta viveza y corrupción; entre tanta ética de pacotilla; entre las apariencias; entre muchos que persiguen dinero y que en su carrera dejan atrás niños pobres, honestos derrotados y contaminación; entre esta inseguridad; entre tanto empleado público y privado que obsesivamente exprime hasta la última gota de su pequeña cuota de poder; entre tanta altanería chabacana de enormes anillos de grado; entre tantos que se hacen llamar licenciados y doctores; entre tanto profesor universitario que cree haber llegado al pináculo de las aspiraciones humanas y por eso piensan que pueden comportarse como cretinos babeantes sin que los demás nos demos cuenta; entre tantos que se llevan por delante a los que le rodean y que después cada semana, en la iglesia, se dan golpes de pecho como si de un borrón y cuenta nueva se tratara.
Pero no todo está perdido, existen unos cuantos que han decidido incluir el sentido común en sus cotidianidades, para ellos, que saben expresar con acciones su cariño por esta pequeña Mérida, es este llamado: La certeza de contar con la razón conlleva responsabilidad y la responsabilidad inevitablemente genera madurez y experiencia, en fin, nos convierte en hombres al tiempo que nos aleja de aquellos que infantilmente atemorizados permanecen en un estado animal, dominados por los impulsos y los resentimientos, nos distancia de aquellos que viven sin reflexión y sin contexto. Esa certeza signa el camino que debemos transitar si en realidad queremos una ciudad ordenada y limpia, una ciudad que no funcione bajo los parámetros de esa “cultura de la aceptación” que tiene paralizados a tantos merideños.
Dicen algunos que el término “gocho” proviene de cómo llamaban antiguamente a los cerdos, otros dicen que procede de la palabra francesa “gauche” -se pronuncia más o menos “gosh”- que traduce izquierda y que haría referencia a como los andinos hacen las cosas a la zurda o al revés de como debieran hacerse. Yo me quedo con la segunda, porque define con claridad como actúan en lo privado y en lo público ciertos merideños, que de tener una potencial ciudad-modelo han pasado a vivir en una ciudad sucia, desordenada y calurosa.